lunes, 29 de febrero de 2016

Grande

Yo nunca quise ser grande, simplemente me pasó, y hago todo lo que puedo para seguir siendo la niña que era, pero es inevitable, el odio, los prejuicios, el veneno del mundo adulto se te cala por la piel y te enferma, y para mí eso es ser adulto, un estado enfermo del niño, una condena de por vida a una vida que no es nuestra, es de nuestros empleadores, o de los demás, que nos juzgan y nos quieren cambiar. Yo intento vivir bajo mis reglas y que no me importen las de los demás, siempre y cuando no los joda, pero a veces me lastiman las miradas, los comentarios, me cortan de a poquito, hasta que desista, y ahí va a llegar mi muerte.

sábado, 30 de enero de 2016

Somos todos un poquito de cada persona que conocemos en esta vida, y cada persona que conocemos nos lleva un poquito con ellos. Cuando alguien se va de este mundo, cuando se transforma en otra cosa, todo lo que fue queda disperso en la gente que conoció. Por eso es tan importante conocer gente, porque no sólo permanecemos a través de ellos, sino que nos forman, nos pulen y nos cambian para mejor. Lo que no queremos ser aprendemos a dejarlo ir, y adoptamos lo que sí queremos incorporar en nuestras vidas, en nuestras personalidades.

viernes, 29 de enero de 2016

Oda a mis pelitos



Después de hacer ejercicio, desnuda en el baño, me enfrenté a una gran decisión. Agarré la afeitadora, guardada hace tiempo, le cambié el cabezal, y estaba pronta para meterme en la ducha, miro mi mano, miro la afeitadora, reflexiono un momento en las consecuencias: seguro, saldría de ducharme toda suave, pero al poco tiempo ya tendría esos malditos cabitos molestándome, pinchándome, raspándome, y en el plazo intermedio en que crecen me dejan más olorosa, como si ese fuera su quejido, su réplica a mi asesinato. Me pregunto si es lo que realmente quiero hacer: desde que dejé de depilarme y comencé a exponer mi piel en público me siento bien con mi imagen, conmigo misma; me siento conforme con el cuerpo que me fue dado, ya no pienso que no es mío, sino que lo tomo por completo, me adueño, me apropio de mi estado físico. Me siento bien peluda, me siento completa. Antes sentía que algo me era arrebatado, tanto física como mentalmente; me sentía despojada de algo que me pertenecía, tanto el ideal de mis pelos como algo bello, como mis propios vellos corporales. Robados, en masa, por algo, alguien desconocido.
Hace días que he estado sintiendo el impulso de depilarme. Es increíble hasta dónde puede llegar la presión social, las críticas del lado interno de las paredes del hogar, donde uno debería sentirse seguro, no juzgado por ser quien realmente es.
Me di cuenta que lo que quería hacer era seguir teniendo mis pelitos, tan tiernos y tan fuertes, ya que cada vez que son despojados de su hogar, ellos persistentemente vuelven, y pelean por quedarse.
Decidí dejarlos donde deben estar, donde fueron puestos, porque me hacen sentir bien.
¿Cómo algo tan pequeño, algo tan insignificante como los pelos pueden cambiar tanto, pueden significar el sano estado mental de una persona?
Desde que no me depilo no he vuelto a tener episodios depresivos, y de cuestionamiento de mi sexualidad.
Desde que soy chica me cuestiono mi sexualidad. Habiendo nacido en un hogar con dos hermanos varones mayores, siempre quise hacer lo que hacen los hombres, siempre quise seguir los pasos de mis hermanos, eran mi ejemplo a seguir, mi modelo, mis compañeros. Quería jugar con ellos y sus amigos, quería trepar árboles, jugar a la pelota, a las escondidas, quería pelear, pero también quería jugar con muñecas, y vestirme linda, cómoda más que nada.
A medida que fui creciendo fui desarrollando ese estado, de comodidad, me encantaba estar descalza de niña, ahora también, despeinada, de espalda arqueada, sin posturas impuestas, sin falsedades, ser yo.
Hoy visto calzado deportivo y calzas o shores flojos, materiales respirables como algodón, me encanta poder moverme ágilmente y estar lista siempre para correr si es necesario. También uso sandalias y vestidos, los días de calor a veces es insoportable.
Estamos en verano en Uruguay, son los últimos días de Enero. No me depilo hace ya 5 meses, y mi cuerpo está agradecido, me siento plena, me siento cómoda. De eso se trata, de sentirse bien. He ido a la playa en este estado, y me he puesto vestidos para salir a la calle. Tengo suerte de ser ingenua y no darme mucha cuenta de las miradas de la gente, sé que existen porque gente a mi alrededor me comenta lo que ve. Desafortunadamente tuve que experimentar, en una parada con bastante gente, habiendo paro de trasporte público, las miradas de una niña que le preguntaba a su madre qué estaba pasando, de un hombre adulto que me miraba con cara mala porque estaba golpeando lentamente su vidrio mental donde están escritos con drypen todos sus esquemas sobre cómo todo tiene que ser, esquemas claramente impuestos por el orden mundial, por las empresas que inventaron la depilación no como comodidad, sino como un negocio para vender. Nos hicieron creer que la mujer depilada es linda porque nos la hacen ver como depurada, limpia. Mi propia madre me ha dicho que mis pelos me hacen parecer sucia, y yo me pregunto, ¿los de mis hermanos no los hacen ver sucios? Mis hermanos usan barba, ¿acaso tienen la cara sucia todo el tiempo? Yo soy limpia, me baño todos los días, todos los días me lavo el pelo, uso desodorante (de hombre, porque para las mujeres sólo existe antitranspirante asesino de poros, que no nos dejan sudar, no dejan a nuestra piel respirar, HASTA EN ESO NOS CONTROLAN).
Me pregunto por qué cuando la gente ve a una mujer sin depilar no se pregunta por qué le impresiona, por qué es algo raro, tan fuera de lo común ver a alguien en su estado más natural.
Volviendo al tema previo, desde que soy chica me cuestiono mi sexualidad. En mi adolescencia agonizaba de ansiedad queriendo saber si me gustaban las mujeres, por qué no, pero no lo sabía porque no me había enamorado nunca de una. Miento, una vez yendo al liceo me crucé con una mujer adulta en la parada de ómnibus, y su belleza me cautivó, me sentí atrapada en sus ojos profundamente verde mar, tirando a oliva. Sentí mi corazón latir fuerte. Creo que de todas formas me lo estaba imaginando, la imaginación es un gran componente de nuestras vidas, afortunadamente. Cuando era chica no temía a nada y por tanto inventaba que le tenía miedo a un peluche de mi hermano, imaginaba que me miraba mientras dormía, sólo para poder sentir eso que todos los otros niños sentían, miedo. Quería saber lo que era, y antes de acostarme miraba “Los Archivos X” junto a mi madre, buscando asustarme, intentando con todas mis fuerzas imaginarme que los monstruos que encontraban existían en la vida real, imaginando que interactuaban conmigo, para poder sentir escalofríos, sentir ese impulso que te recorre la espina dorsal y te pone los pelos de punta. Sacaba libros de terror de la biblioteca, miraba ‘’¿Le temes a la oscuridad?” y “Goosebumps” buscando eso que ‘me faltaba’.
Hice lo mismo con mi sexualidad, inventé que me gustaban las mujeres, intentando explorar ese lado que no tenía, para darme cuenta más de grande (a pesar de que sigo sosteniendo la hipótesis de que todos somos pansexuales ‘reprimidos’, porque la capacidad de amar va más allá de cualquier hecho físico, para enamorarnos no necesitamos que una persona sea esto o lo otro físicamente, sino en la personalidad) que me gustan los hombres solamente, pero no cierro la puerta de que algún día una persona de otro género me robe el corazón con su encanto y su sabiduría culinaria, por ejemplo.
Todo el tiempo de mi vida que he perdido intentando conocerme debido a que la sociedad se empecinó en hacerme perder, en desviarme de mi camino natural, tanto tiempo cuestionándome cosas que deberían fluir, tanto tiempo gastado en pensar por qué las cosas son de una manera y no se permiten desviaciones, caminos nuevos, tiempo gastado en descubrir lo que quiero, en aceptarme, aceptar que mis gustos son diferentes, que mis metas son distintas de las de otras personas, en derribar paradigmas en mi propia mente y en hacerles entender a los de mi alrededor que está bien romper esquemas, ser diferente, siempre que te haga sentir bien.
Lo importante de esta vida es disfrutar el corto pasaje, es apropiarse de uno mismo, de lo que le es dado, es sentirse agradecido de tener un cuerpo para poder experimentar todos estos impulsos nerviosos, estas sensaciones tan lindas que nos dan las superficies, la música, la lluvia fría, caminar descalzo en la arena, la dulzura de las frutas, de los mimos, de un lindo paisaje natural o arquitectónico, el aroma de las flores, de las plantas aromáticas. Todo eso está para disfrutarse, y uno tiene que agarrar lo que tiene y ser feliz con eso.
Yo soy feliz con mis pelos, me dejan preocuparme por otras cosas que considero más relevantes, me eliminan de ese mercado violento y ofensivo, y me dejan disfrutar de otras cosas. Mis pelos son suaves, huelen bien y regulan mi temperatura corporal perfectamente. Son mis antenitas que me guían por el camino correcto, el camino de sentirse bien con uno mismo.
No creo que me vaya a depilar a corto plazo, y tal vez tampoco a largo plazo.
Me siento bien con mi cuerpo como es, y decido dejarlo crecer para donde quiera.
Cada uno elige su camino, yo ya elegí el mío.

martes, 14 de mayo de 2013

Encuentro pocas diferencias en la pronunciación entre las siguientes palabras, que no sé si se notan tanto al hablar:
-Way
-Weigh
-Whey

Y así sucede con muchas palabras del idioma inglés, pero estas me dejaron perpleja.

domingo, 17 de junio de 2012


Cuando un día Marcia se sentía vacía, sintió ganas de abrir el libro prestado de Lovecraft que reposaba en su mesita de luz. Se topó con este cuento, y se fue a dormir un poquito más llena, y contenta, pensando que, aunque no fuera del todo cierto, en su mente Lovecraft le había escrito un corto relato.


La poesía y los dioses. 
Poetry and the Gods
, H.P. Lovecraft (1890-1937) 

Una tarde húmeda y oscura de abril, poco después de terminar la Gran Guerra, Marcia se encontraba sola, sumida en extraños pensamientos, y sus deseos y anhelos inauditos se elevaban del amplio salón del siglo XX a las profundidades del aire, y hacia el este, hacia los olivares de la lejana Arcadia que ella sólo había visto en sueños. Había entrado en la habitación abstraída, había apagado las luminosas arañas y se había recostado en el blando sofá, junto a una lámpara solitaria que derramaba sobre la mesa de lectura un resplandor verdoso tan sedante como la luna cuando emerge entre el follaje de algún antiguo santuario.

Vestida sencillamente, con un largo y negro traje de noche, parecía un producto típico de la civilización moderna; sin embargo, esa noche sentía el abismo inmenso que separaba su alma del prosaísmo de su alrededor. ¿Se debía a la extraña casa en que vivía, esa morada fría donde las relaciones eran siempre tensas y sus habitantes eran poco menos que unos desconocidos? ¿Era eso, o se debía a algún desplazamiento en el tiempo y en el espacio, más grande y menos explicable, por el cual había nacido ella demasiado tarde, demasiado pronto, o demasiado lejos de las regiones de su espíritu, para armonizar jamás con las cosas feas de la realidad contemporánea? Para disipar ese estado de ánimo que la estaba hundiendo en una depresión cada vez mayor, cogió una revista de la mesa y buscó un poco de saludable poesía. La poesía siempre aliviaba su mente desasosegada más que ninguna otra cosa, aunque se daba cuenta de que la perjudicaba en muchos aspectos la moderna influencia. Había partes aun en los versos más sublimes sobre las que flotaba un vapor frío de estéril fealdad y limitación, como el polvo en el cristal de una ventana a través del cual se contempla una magnífica puesta de sol.

Hojeaba indiferente las páginas de la revista como el que busca un esquivo tesoro, cuando tropezó de pronto con algo que le disipó la languidez. Un observador habría podido leer sus pensamientos y decir que había descubierto una imagen o un sueño capaz de acercarle a su meta inalcanzable más que ninguna de las imágenes o sueños contemplados hasta entonces. Era sólo un trozo de verso libre, ese lastimoso compromiso del poeta que supera la prosa pero no llega a la divina melodía de los números; sin embargo, contenía toda la música natural del bardo que vive y que siente, y que trata de encontrar a tientas, extáticamente, la belleza desvelada. Desprovisto de regularidad, tenía, sin embargo, la armonía de las palabras aladas y espontáneas, armonía que faltaba en el verso formalista y convencional que ella conocía. Al leerlo, su entorno se fue volviendo gradualmente difuso, y no tardó en sentirse rodeada de brumas de ensueños tan sólo, brumas purpúreas salpicadas de estrellas que iban más allá del tiempo, hasta donde sólo los dioses y los soñadores pueden llegar:

¡Luna sobre el Japón, Luna blanca de mariposas! Donde sueñan los Budas de párpados pesados Al son de la llamada del cuco… Las blancas alas de las mariposas lunares Aletean inseguras por las calles Silenciando con rubor la mecha inútil de las linternas en manos de las muchachas. Luna sobre los trópicos, Capullo blanco y curvo Que abre lento sus pétalos al calor de los cielos… El aire está lleno de perfumes, De lánguidos, cálidos sones… Una flauta eleva su música de insecto a la noche Bajo el curvo pétalo-luna de los cielos. Luna sobre la China, Luna cansada sobre el río del firmamento, Agitación luminosa entre los sauces, como un centelleo de pececillos plateados Que se deslizan por oscuros bajíos; Las tejas de las tumbas y los templos podridos cabrilean como los rizos del agua; El cielo se motea de nubes como escamas de dragón. En medio de las brumas del sueño, la lectora gritó a las rítmicas estrellas su gozo ante la llegada de una nueva era de la canción, el renacimiento de Pan. Entornando los ojos, repitió palabras cuyas melodías estaban ocultas como cristales en el lecho de un arroyo antes del amanecer, pero que centellean resplandecientes al nacimiento del día. ¡Luna sobre el Japón, Luna blanca de mariposas! Luna sobre los trópicos, Capullo blanco y curvo Que abre lento sus pétalos al calor de los cielos. El aire está lleno de perfumes, De lánguidos, cálidos sones… Luna sobre la China, Luna cansada sobre el río del firmamento…

De las brumas surgió resplandeciente y divina la figura de un joven con el yelmo alado y las sandalias aladas, portando el caduceo, y dotado de una belleza sin parangón en la tierra. Movió tres veces, ante el rostro de la soñadora, el cetro que Apolo le diera a cambio de la concha de nueve cuerdas de la melodía, y colocó sobre su frente una corona de mirto y de rosas. Luego, con adoración, dijo Hermes:

—¡Oh, ninfa, más bella que las hermanas de dorados cabellos de Ciene y que las Atlántidas celestes, amada por Afrodita y bendecida por Pallas, tú has descubierto el secreto de los dioses que encierran la belleza y las canciones! ¡Oh, profetisa, más amable que la Sibila de Cumas cuando Apolo la conoció, tú has hablado certeramente de la nueva era, pues incluso ahora, en Maenalus, Pan suspira y se despereza en su sueño, deseoso de despertar y ver en torno suyo a los faunos coronados de rosas y a los sátiros antiguos! En tu anhelo, has adivinado lo que ningún mortal, salvo unos pocos rechazados por el mundo, recuerda: que los dioses no han muerto jamás, sino que duermen tan sólo y sueñan sueños de dioses en los jardines hespéridos poblados de lotos, más allá del dorado crepúsculo. Se acerca el momento de su despertar, momento en que perecerán el frío y la fealdad, y en que se sentará Zeus de nuevo en el Olimpo. Ya el mar de Pafos tiembla y alza una espuma que sólo los cielos han visto anteriormente; y por la noche, en Helicón, los pastores oyen extraños murmullos y notas semiolvidadas. Los bosques y los campos se vuelven trémulos al anochecer con un centelleo de blancas formas saltarinas, y el inmemorial océano ofrece curiosas visiones bajo tenues lunas. Los dioses son pacientes, y han dormido mucho tiempo; pero ni hombres ni gigantes podrán desafiar eternamente a los dioses. Los titanes se retuercen en el Tártaro, y bajo las llamas del Etna rugen los hijos de Urano y de Gea. Ya está cerca el día en que el hombre ha de responder por haberlos negado durante siglos; pero durmiendo, los dioses se han vuelto amables y no quieren arrojarle al abismo destinado a los que se atreven a negarlos. En vez de eso, su venganza aplastará las tinieblas, la falacia y la fealdad que han trastornado la mente del hombre; y bajo el dominio del barbado Saturno, los mortales, dedicándole sacrificios, se recrearán en la belleza y en el gozo. Esta noche conocerás el favor de los dioses, y contemplarás en el Parnaso aquellos sueños que los dioses envían a la tierra, a lo largo de los siglos, para hacer saber que no han muerto. Pues los poetas son los sueños de los dioses; y en todas las épocas ha habido alguien que cantara sin saberlo el mensaje y la promesa de los jardines de lotos que hay más allá del crepúsculo.

A continuación cogió Hermes en brazos a la doncella dormida y cruzó los cielos.

Soplaron de la torre de Aiolas suaves brisas que les elevaron por encima de mares cálidos y fragantes, hasta que de pronto llegaron adonde Zeus presidía un consejo sobre el Parnaso bicéfalo, su trono de oro, flanqueado por Apolo y las Musas a su derecha, y Dionisos coronado con hojas de parra y las bacantes ruborizadas de placer a su izquierda. Jamás había visto Marcia tanto esplendor, ni despierta ni dormida; sin embargo, no le hacía daño tanta luz, como se lo habría hecho la del elevado Olimpo; pues en esta corte menor, el padre de los dioses había atemperado su gloria a fin de que pudiese ser contemplado por ojos mortales. Ante la entrada de la cueva Gorizia, cubierta de laureles, había sentados en fila seis nobles figuras de aspecto mortal, pero con semblante de dioses. La soñadora les reconoció por las imágenes que había visto de ellas, y supo que no eran otros que el divino Maeónidas, el infernal Dante, el inmortal Shakespeare, el Milton explorador del caos, el cósmico Goethe, y Keats, amado de las Musas. Tales eran los mensajeros a quienes los dioses habían enviado a anunciar a los hombres que Pan no había dejado de existir, sino que dormía tan sólo; porque es mediante la poesía como hablan los dioses a los hombres. Entonces, exclamó Zeus, tonante:

—¡Oh, hija (porque al ser de mi estirpe interminable, eres efectivamente hija mía), contempla en estos tronos de honor a los augustos mensajeros que los dioses enviaron para que dejasen en las palabras y los escritos de los hombres algún vestigio de belleza divina! Los hombres han dado justamente laureles duraderos a otros bardos; pero a éstos los ha coronado Apolo, y yo les he otorgado un lugar aparte, como mortales que hablaron el lenguaje de los dioses.

Mucho tiempo hemos soñado en los jardines de lotos que hay más allá de Occidente, y hemos hablado sólo a través de nuestros sueños; pero se acerca el tiempo en que nuestras voces abandonen su mutismo. Será el momento del despertar y del cambio. Una vez más ha descendido Faetón con su carro, abrasando los campos y secando los arroyos. En la Galia, lloran solas las ninfas con los cabellos alborotados junto a las fuentes que han dejado de manar, y languidecen junto a los ríos que se han vuelto rojos con la sangre de los mortales.

Ha salido Ares con su séquito, dominado por la locura divina, y han regresado Deimos y Fobos saciados de placer antinatural. Tello medita con pesar, y la cara de los hombres es como el rostro de las Erinnias cuando Astraea huyó a los cielos y las olas, a una orden nuestra, envolvieron la tierra toda, salvo esta cumbre elevada. En medio de este caos, dispuesto a anunciar su advenimiento, aunque a ocultar su llegada, avanza ahora el último de nuestros mensajeros nacidos cuyos sueños contienen todas las imágenes que soñaron los que le precedieron. Es a él a quien hemos elegido para que una en un todo glorioso la belleza que el mundo ha conocido, y escriba palabras en las que resuene toda la sabiduría y el encanto del pasado. El será quien proclame nuestro retorno y quien cante nuestros días venideros, cuando los Faunos y las Dríadas llenen de belleza sus acostumbradas florestas. Nuestra elección ha sido guiada por los que ahora se sientan ante la gruta Gorizia en tronos de marfil, y en cuyas canciones oirás notas sublimes por las que dentro de unos años reconocerás al más grande mensajero, llegado el momento. Escucha sus voces cuando ahora te canten una a una. Oirás cada una de sus notas otra vez, en la poesía que está por venir, la cual traerá paz y gozo a tu alma, aunque habrás de buscarla durante años de desolación. Escucha con atención, pues cada acorde que brote y se desvanezca volverá a surgir para ti cuando regreses a la tierra, como Alfeo — hundiendo sus aguas en el alma de Elade— aparece como cristal de Aretusa en la remota Sicilia.

A continuación se levantó Homero, el más antiguo de los bardos, tomó su lira y cantó un himno a Afrodita. Marcia no conocía una sola palabra de griego; sin embargo, no llegó el mensaje en vano a sus oídos> pues el ritmo oculto contenía aquello que habla a los mortales y a los dioses, y no necesita de intérprete.

Y lo mismo ocurrió con las canciones de Dante y de Goethe, cuyas palabras desconocidas surcaron el éter con melodías sencillas de leer y de adorar. Y por último se entonaron acentos que la joven recordaba. Era el cisne de Avon, en otro tiempo dios entre los hombres, y ahora entre los dioses:

Escribe, escribe, que del curso sangriento de la guerra, Queridísimo señor, tu querido hijo pueda huir; Bendito sea en casa, en paz, mientras yo, lejos de él Con celoso fervor su nombre santifico. Y sonaron acentos aún más familiares cuando Milton, recobrada la vista, declamó con inmortal armonía: Que tu lámpara, a la medianoche, Se vea en alguna torre solitaria, De donde pueda yo vigilar la Osa Con el triplemente grande Hermes, o haz Que al espíritu de Platón desvele Qué mundos, qué vastas regiones contiene La mente inmortal, que ha olvidado Su mansión en este refugio de carne. Que alguna vez la tragedia espléndida Con cetro y bajo pallo desfile, Presentando a Tebas, o la estirpe de Pélope, O la historia de Troya divina. Por último se alzó la voz joven de Keats, el más próximo de los mensajeros al pueblo hermoso de los faunos: Dulces son las melodías escuchadas; pero aún son más Las no escuchadas; por tanto, dulces flautas, seguid… Cuando, vieja, esta generación termine, Seguirás tú, en medio de un dolor Ajeno al nuestro, amigo del hombre, a quien dijiste «La belleza es la verdad; la verdad, belleza»; eso es Cuanto sabes en la tierra; cuanto necesitas saber.

Al terminar el cantor se oyó un sonido traído por el viento que venía del Egipto lejano, donde llora de noche Aurora junto al Nilo a su Memnón asesinado. A los pies del Tonante se echó la diosa de dedos rosados; y arrodillada, imploró:

«Señor, es hora de abrir las Compuertas de Oriente.» Y Febo, tendiendo su lira a Calíope, la Musa a la que había desposado, se dispuso a partir con destino al Palacio del Sol, erigido sobre columnas y resplandeciente de joyas, donde se agitaban los corceles ya enganchados al dorado carro del día. De modo que Zeus descendió de su trono de la caverna, y posando una mano sobre la cabeza de Marcia, dijo:

—Hija, el amanecer se acerca; conviene que regreses antes de que despierten los mortales de tu casa. No llores por el vacío de tu vida, porque pronto desaparecerá la sombra de las falsas creencias, y otra vez los dioses andarán entre los hombres. Busca sin descanso a nuestro mensajero, y encontrarás el consuelo y la paz. Su palabra guiará tus pasos hasta la felicidad, y en sus sueños de belleza encontrará tu espíritu aquello que anhela.

Cuando Zeus hubo terminado de hablar, el joven Hermes cogió suavemente a la doncella y la elevó hacia las pálidas estrellas, en dirección a Occidente, sobrevolando mares invisibles.

Han pasado muchos años desde que Marcia soñó con los dioses y con el cónclave de su Parnaso. Esta noche se encuentra sentada en el mismo amplio salón, pero no está sola. Ha desaparecido el viejo espíritu de la inquietud, pues junto a ella hay alguien cuyo nombre resplandece de celebridad: es el joven poeta de los poetas, a cuyos pies se sienta el mundo entero. Está leyendo palabras manuscritas que nadie ha oído aún, pero que cuando se escuchen traerán a los hombres las fantasías que perdieron hace siglos, cuando Pan se tendía a dormitar en Arcadia, y los grandes dioses se retiraban a descansar a los jardines de lotos, más allá de las tierras de las Hespérides. En las sutiles cadencias y ocultas melodías del bardo, el espíritu de la doncella había encontrado al fin el sosiego, pues transmitían las más divinas notas del Orfeo tracio; notas que conmovían a las mismas rocas y a los árboles de las riberas del Hebro. Calla el cantor, y espera con ansiedad un veredicto; aunque, ¿qué puede decir Marcia, sino que la melodía es «digna de los dioses»?

Y mientras ella habla, le llega otra vez la visión del Parnaso, y el sonido lejano de una voz poderosa que dice: «Su palabra guiará tus pasos hasta la felicidad, y en sus sueños de belleza encontrará tu espíritu aquello que anhela.»

martes, 5 de junio de 2012


Este árbol queda en el camino de mi casa a la parada del ómnibus. Cada vez que pasaba, en la primavera del año pasado, lo veía, creciendo solamente esas hojitas en el árbol entero, pelado. Me repetía que un día iba a llevar la cámara y le iba a sacar una foto para recordarlo, porque me parecía hermoso todo ese color en contraste con el pardo de sus ramas. Un día lo hice. Luego pasaron meses hasta que escaneé el rollo, y por un momento olvidé haber realizado ese disparo, aunque a veces lo he recordado y lo hago; cada vez que veo al árbol lo recuerdo. Hoy buscando entre mis fotos la encontré. Hoy me parece más linda que nunca, a pesar de que es una foto estática, que nunca cambia. Se ve que lo que cambió fue el receptor, la que cambió fui yo.

martes, 31 de enero de 2012

Imposibilidad

Salir a correr y ante el mar no poder.
Caminar al borde de las olas, sentirse como un guerrero, peleando sus turbulencias, su violencia, su vicisitud, su inmensidad, y a la vez sentirse parte del mar, querer calmarlo, sentirse libre, sentirse a salvo.
Hipnotizarse inconscientemente, y al darse cuenta maravillarse.
Querer quedarse ahí para siempre, formar parte al fin, encontrar la manera, tener una lluvia de ideas.
Pensar que es la muerte más linda y más terrible.
Pensar en lo cursi de las frases como ''camina no adelante, ni detrás de mí, sino a mi costado'', sin embargo sentir que eso se está haciendo con el mar, caminando a su costado, fluyendo con él, fundiéndose en una ola, eterna e infinita, inmensa y sabia, potente y rica en recuerdos y experiencias desde el inicio de los tiempos.